Autopráctica de Ashtanga online
Una shala virtual de Ashtanga estilo Mysore, en directo y en grupo, donde avanzas a tu ritmo con acompañamiento real. Aprendes a respirar dentro de la esterilla. Y también fuera, cuando la vida aprieta.
Ayer conseguiste sentarte. Cinco minutos, un café, la casa en silencio por una vez. Y a los treinta segundos ya estabas de pie otra vez, recogiendo una taza, mirando el móvil, buscando algo que ordenar.
Sentarte a no hacer nada te parece, en el fondo, una forma elegante de perder el tiempo.
Se te da bien casi todo. Rendir. Cumplir. Sostener a los demás. Tomar decisiones difíciles sin que te tiemble la voz. Lo único que no aprendiste nunca fue a parar. A estar. A respirar sin sentir que deberías estar haciendo otra cosa.
Y por eso llevas tiempo dándole vueltas a lo mismo:
«Sé que el yoga me vendría bien, pero no sé ni por dónde empezar.» «Quiero practicar, pero no tengo tiempo.» «Eso que hacen otras yo no voy a poder hacerlo nunca.»
A lo mejor ya lo intentaste. Primero en el gimnasio, entre serie y serie, aburrida, yendo por obligación. Hasta que un día pisaste un estudio de verdad y apareció el Ashtanga. Y ahí pasó algo: trabajabas el cuerpo, pero también se te ordenaba la cabeza. Salías cansada, no reventada. Más ligera.
Luego la vida hizo lo de siempre. Cambiaron los horarios. Dos semanas sin practicar. Y ya sabes cómo sigue: cuesta volver. Sola, en casa, no lo sostienes. Y encima no sabes si lo estás haciendo bien.
Yo estuve ahí
Te lo cuento porque yo estuve exactamente en ese punto. Estudié empresariales, trabajé siete años en multinacionales en Madrid y hoy soy directora financiera. El trabajo de ensueño para mucha gente. Y aun así, vacío.
Luego nacieron mis dos hijas y pasé de tenerlo todo bajo control a no controlar nada. Llegó la ansiedad. Lo único que me sostenía eran quince minutos de práctica. Solo quince. Pero me devolvían a mí.
Por eso enseño esto como lo que es: un método tradicional, pero acompañado desde la realidad de una mujer con familia y un trabajo exigente. No desde un retiro en la India.
Son más de seis años de práctica diaria, sosteniendo a mis hijas y un trabajo que no da tregua. Todo esto lo he probado en mi propia esterilla: es lo que me funcionó a mí, y lo que hoy sostiene a otras.
Flexibilidad, la tienes. Fuerza, también. Y voluntad, para dar y regalar.
Lo que falta es alguien que te lo ponga fácil, en el salón de tu casa, para que no lo dejes a la primera.
Para quién es esta shala
Si te has visto en dos, sigue leyendo. Este sitio es para ti.
Con tanto ruido, y tanto hacer, ¿cómo vas a poder escuchar algo?
Qué es Mauna Room
Mauna Room es una membresía de acceso continuo, sin fechas de apertura ni de cierre, donde sostienes tu autopráctica de Ashtanga de forma segura, sin que te exija más de lo que puedes dar.
Practicamos en estilo Mysore, la forma tradicional: todas conectadas a la vez, en directo, pero cada una en su práctica. Tú avanzas en tu secuencia a tu ritmo. Yo observo, corrijo, ajusto y sumo posturas cuando tu cuerpo está listo, no cuando lo diga un calendario. En un mismo grupo conviven quien empezó la semana pasada y quien lleva diez años. Cada una en su punto. Todas acompañadas.
Aquí hay acompañamiento real, en tiempo real, con un grupo detrás. Todo sucede en directo, a la misma hora: te miro, te corrijo y practicamos juntas. Practicas en el salón de tu casa y, aun así, acompañada: hay comunidad, y hay alguien mirando.
Trabajas una sola serie. La repites. Profundizas. Y en esa repetición está toda la riqueza: llegar al fondo de una vale más que coleccionar mil distintas.
Cada mañana repites la misma secuencia. Y nunca es la misma, porque tú no eres la misma que ayer. A eso lo llamo meditación en movimiento.
La práctica no te soluciona la vida. Pero saca las cosas a la superficie, donde por fin puedes hacer algo con ellas. Y te devuelve una disciplina que te sostiene, en lugar de agotarte.
Rellenas una ficha breve (tu nivel, tu experiencia, si tienes alguna lesión) y en tu primera clase practicas mientras te observo, para ver de dónde partes. Ese primer día hay pocas correcciones: es más de mirar. Si nunca has practicado, empezamos por las primeras posturas de la serie y las repites hasta integrarlas.
Acompañada desde el primer minuto. Sin la incertidumbre de no saber por dónde empezar ni si lo estás haciendo bien.Dos veces por semana entras a tu sesión en directo y practicas tu secuencia dentro del grupo. Corrijo y respondo en tiempo real, aunque cada una esté en un punto distinto de la serie. Y voy sumando posturas cuando tu cuerpo está listo, no según un calendario. La práctica empieza a fluir sin pensar tanto, y el foco se va a la respiración.
Progresas con la confianza de que el avance lo marca tu propio cuerpo. Y esa observación empieza a acompañarte también fuera de la esterilla.Con los meses, la autopráctica deja de ser algo que "hay que hacer" y pasa a ser algo propio. Practicas más días por tu cuenta, y las clases se vuelven tu rato de perfeccionar y de compartir con la comunidad.
Aprendes a respirar cuando la postura aprieta. Y luego, cuando aprieta la vida.Qué incluye tu membresía
Antes de que preguntes
No. Solo hacen falta ganas y compromiso. No necesitas ser flexible, estar fuerte, tocarte los pies, ser joven ni haber practicado yoga antes. Cada persona empieza en el punto en el que está, y a la edad que tiene, y desde ahí progresa a su ritmo.
Es la forma tradicional de practicar Ashtanga. Practicamos todas a la vez, en silencio, pero cada una su secuencia y a su ritmo. Empiezas por lo básico y, según vas memorizando y logrando posturas, se van añadiendo nuevas. Yo te superviso de forma individual dentro del grupo: guío, ayudo y adapto para tu caso.
La práctica de Ashtanga no es una carrera de corta distancia. Tras las primeras prácticas puede que ya sientas cierta ligereza, mental y física. Pero la transformación de verdad llega con el tiempo, poco a poco.
No. El Ashtanga se adapta a ti, no al revés. El trabajo de verdad está en aprender a respirar dentro de cada postura, por sencilla que sea, y eso está al alcance de cualquiera que se comprometa.
No estás sola: la clase es en directo y te corrijo, ajusto y acompaño en tiempo real. Eso es justo lo que separa esto de seguir un vídeo por tu cuenta. Tienes guía y tienes grupo, aunque practiques en tu salón.
Sí. Puedes darte de baja cuando quieras, avisando antes del día 20 del mes anterior al que quieras dejar de estar suscrita. Sin permanencia ni ataduras.
Lo que de verdad te llevas
Suena el despertador temprano. Lo pusiste tú, aunque ahora solo quieras apagarlo. Pero hoy hay clase, y sabes que yo y tus compañeras estaremos conectadas. Así que te levantas.
La casa en silencio. Nadie despierto, ninguna notificación. Empiezas suave y el cuerpo se despierta. Ya te sabes media secuencia, así que el movimiento se vuelve casi meditativo. Un par de ajustes, poco más. Al terminar, savasana: quieta, sin nada que hacer.
Luego llega el día. Niños, desayunos, mochilas, reuniones. Y te das cuenta de que hace unos meses habrías empezado agobiada, saltando a la primera. Hoy, no sabes explicarlo, pero todo te parece menos amenazante.
Comes más despacio. Te tomas un café sentada, sin hacer nada. Y ese rato, que antes te sabía a tiempo perdido, ahora te sabe a vida.
Lo que de verdad haces en la esterilla es enseñarle a tu sistema nervioso a no vivir siempre en alerta; las posturas son solo el camino. Y esa claridad mental, esa calma, no sabrías explicarla, pero te da paz.
Tu sitio en la shala
Sin fechas, sin niveles, sin permanencia. Entras, encuentras tu ritmo y te quedas el tiempo que quieras.
Domiciliación mensual, con cobro el día 1 de cada mes. Si te das de alta a mitad de mes, se cobra la parte proporcional. Para la baja, basta avisar antes del día 20 del mes anterior.
Ya rindes. Ya cumples. Ya sostienes a todo el mundo. Ya te tomas la temperatura del día antes de que salga el sol. Lo único que te ha faltado siempre es un sitio al que volver. Un rato en silencio, con alguien mirando, para volver a ti.
Cada mañana, la misma secuencia. Y nunca la misma, porque tú ya no eres la misma.
Ese rato en silencio, con el sonido de tu respiración, es el cielo que sigue ahí aunque las nubes lo tapen.